El valor de la experiencia

Quinientos dólares es el precio aproximado de una cámara DSLR de nivel básico. Las cámaras de este tipo tienen un sensor notablemente superior al de un smartphone o cámara compacta. Cualquier buen fotógrafo que quisiera mejorar la calidad visual de sus fotos debería tomar en cuenta una de estas. Pero no un chiquillo de diecisiete años que dice que “le gusta la fotografía y que necesita tener una buena cámara.” Sería hacer trampa y un desperdicio de dinero. 

Los verdaderos fotógrafos pueden corregirme, pero una buena foto no depende de la nitidez o del tamaño del sensor de su cámara. Una buena foto requiere de una persona capaz de capturar el momento preciso, los ángulos adecuados y muchos otros factores que tienen que ver más con la mente del audaz individuo que con la herramienta que usó. ¿Si un pintor podría dibujar paisajes espectaculares y definidos con un lápiz sin marca dirigido a colegios de educación inicial, por qué nosotros — los novatos — queremos adquirir un set de lápices Faber-Castell de quince o veinte dólares para sentirnos capaces de hacer algo así? Este no es el enfoque correcto y por una razón bastante sencilla. 

Supongamos que queremos emprender en el área de ilustración digital y vemos que muchos profesionales usan tabletas Wacom. Naturalmente vamos a querer comprar una con la intención de hacer un trabajo de similar calidad. Asumiendo que somos nuevos en esta tarea, nos irá mal y fallaremos. El pensamiento casi colectivo será “¿si ni con esta tableta puedo hacerlo bien, por qué me debería molestar en seguir aprendiendo?” Es un pensamiento bastante mediocre pero sensato, pues estábamos enfocándonos en el poder de la herramienta y no de nuestro intelecto. Estábamos haciendo una conexión entre la tableta y el talentoso ilustrador. Esa conexión es casi inexistente.

Ser bueno en algo toma mucho tiempo y dedicación. De hecho, la palabra profesión viene de profesar, que más o menos significa tener una intensa dedicación por algo o alguien. Entonces, ¿por qué carajos le damos tanto peso a las herramientas? Un verdadero profesional — y reitero que todos podemos serlo — se ha ganado el permiso de utilizar las costosas herramientas que nosotros anhelamos; pues se dio cuenta con el tiempo cuáles le son útiles y por qué. También puede pasar — y de hecho es muy común — que se termine utilizando herramientas mucho más baratas y mejores. De todos modos, este es un proceso de aprendizaje y cada objeto en el mundo tiene un propósito, un valor monetario y, adicionalmente, un valor experiencial. 

En conclusión, no solo deberíamos ser capaces de saber cómo utilizar nuestras herramientas de trabajo sino además, y a través de fallas catastróficas y conocimientos adquiridos, saber responderse a uno mismo “¿por qué necesito esto?” con todos los detalles que semejante decisión significa. Voy a contradecirme un poco y decir que si compramos una herramienta costosa que no sabíamos usar y fallamos, para luego darnos cuenta que debíamos tratar con algo más simple y económico, eso es también válido. Sin embargo, es ese el principio que me llevó a escribir este artículo.